Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Por Juan Apecechea • 27 ago, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”
l A lo largo de la historia siempre se han hecho y seguirán haciéndose preguntas fundamentales sobre el ser humano y el sentido de su vida. Pero la cuestión del más allá de la muerte es, tal vez, una de las que más inquietan y turban a todos. A ella se ha tratado siempre de dar respuesta desde las más diversas culturas y religiones.
l Jesús supo hablar con lenguaje sencillo de temas fundamentales que incidían en la vida y las pautas del comportamiento humano. Sus palabras suscitaban frecuentemente preguntas entre los que le escuchaban. Así fue el caso de aquel hacendado que le preguntó qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna (Lc 18, 18).
l En el pasaje evangélico de hoy, un desconocido le pregunta si son pocos los que se salvan. No era una simple curiosidad intelectual, sino una inquietud personal. Jesús iba ya hacia Jerusalén, camino de su suerte final. Era una determinación que libremente había tomado sabiendo lo que le esperaba (Lc 9, 51). Esa valiente decisión le daba fuerza y autoridad moral para hablar claro sobre el tema.
“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”
l Jesús no respondió directamente a la pregunta de aquel desconocido. Pensó que había algo previo a la concreta cuestión sobre el número de los que se salvan. Según su habitual pedagogía, fue al fondo del asunto y señaló cuál tenía que ser la actitud personal ante la crucial alternativa entre salvación o condenación. Dijo sin rodeos que el camino de la salvación era exigente y que cada uno tenía que asumir libremente su propia responsabilidad.
l En realidad, la salvación es un don hecho ya por Dios en Cristo definitivamente. Todo está ya hecho por parte de Dios; pero todo está todavía por hacerse por parte del hombre. Por eso Jesús emplea un término muy expresivo, indicando que es preciso esforzarse, luchar y pelear. Es preciso tener el coraje de elegir la puerta estrecha.
l La tentación permanente de todos es inclinarnos a hacer aquello que es más fácil, más cómodo o placentero. Tal vez, esa tentación es hoy día más grave que nunca. Pero el ser cristiano no es compatible con esa actitud. El verdadero discípulo de Cristo es el que sigue sus pasos, negándose a sí mismo y llevando su cruz (Lc 9, 23).
