Verbum Domini o el don de la oportunidad

Por Redacción • 28 dic, 2010 • Sección: Portada

Del 5 al 26 de Octubre de 2008, se celebró en Roma la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos para reflexionar sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia.  Dos años después, Benedicto XVI nos regala esta Exhortación apostólica que es un canto a la Palabra de Dios. TEXTO: Juan Antonio Aznárez.

No es de extrañar que, para presentar los resultados del Sínodo y profundizar en ellos, el Papa haya elegido el Prólogo del Evangelio según San Juan, es decir, el Canto por excelencia a la Palabra (Jn 1, 1-18). La exhortación está dividida en tres grandes bloques: Verbum Dei (‘la Palabra de Dios’), Verbum in Ecclesia (‘la Palabra de Dios en la Iglesia’) y Verbum mundo (‘la Palabra de Dios para el mundo’). Cada uno de ellos viene precedido por diferentes versículos del Prólogo joánico. Una introducción y una conclusión enmarcan el conjunto.

Mi intención al escribir estas líneas es, sobre todo, animar a la lectura del texto en cuestión, convencido de que puede contribuir grandemente a la revitalización de nuestras comunidades. Me limitaré a ofrecer unas reflexiones y a entresacar algunas frases significativas del mismo. Lo más importante es beber directamente de la fuente, es decir, de la Palabra de Dios que nos da acceso, por la fe, a la Comunión con el Verbo encarnado y, por su medio, con el Padre. Esta obra del Espíritu Santo se verifica en el amor y la unidad que hace surgir entre los hermanos. La exhortación del Papa es una ayuda preciosa para acceder al manantial de la Palabra de Dios con seguridad, de modo que pueda florecer “… ‘una nueva etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios’” (n. 72).

Como todas las exhortaciones apostólicas, también ésta es una obra coral. Muchas voces, antes y durante la celebración del Sínodo, se unen para cantar, en la estela de la Constitución Conciliar Dei Verbum, las excelencias de la Palabra de Dios, y animar al trato personal y comunitario con ella. Por supuesto que todo lleva el sello personal del Papa. Benedicto XVI es un verdadero enamorado de la Palabra divina y se nota. Fue él quien vio clara la necesidad de ponerla de nuevo sobre el candelero dedicándole un Sínodo. Es él quien vive en primera persona lo que recomienda a sus compañeros en el episcopado cuando dice que el obispo, antes de ser transmisor de la Palabra, “al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno” (n. 79).

Una de las cosas que más gratamente sorprende en este escrito es el protagonismo indiscutible que se le reconoce a la Palabra: “Es la Palabra misma la que nos lleva hacia los hermanos; es la Palabra la que ilumina, purifica, convierte. Nosotros no somos más que servidores” (n. 93).

Ahora bien, cuando hablamos de la Palabra de Dios, ¿de qué estamos hablando? ¿De las Sagradas Escrituras? – Sí. – ¿Sólo de las Sagradas Escrituras? – No. – También de la Tradición viva de la Iglesia, esa Herencia apostólica no escrita que es la vida de la Iglesia, sus celebraciones, su oración, su profesión de fe… ¡Qué importante esta precisión! ¡Cuántos palos de ciego se han dado por olvidar este humus, esta atmósfera en la que nace, “crece” (la comprensión) y se mantiene viva la Palabra de Dios escrita! (cf. nn. 17-18).

Como es normal, el documento dedica un amplio espacio al tema de la interpretación de la Sagrada Escritura (nn. 29-49), dando indicaciones al exégeta y al teólogo para que puedan sintonizar bien con la particular longitud de onda de la Palabra de Dios. Sólo así su trabajo se transformará en servicio fecundo al Pueblo de Dios. Todos hemos de escuchar, leer y estudiar las Sagradas Escrituras guiados por el Espíritu Santo que las ha inspirado (cf. n. 16), “en la comunión de los creyentes de todos los tiempos” (n.47) y “según la fe de la Iglesia” (n.73). En esta tarea, los santos, que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua, nos ofrecen la interpretación más profunda de la Escritura (cf. n. 48).

Es, ciertamente, oportuno este recordatorio de la importancia de la Palabra de Dios, Antiguo y Nuevo Testamento, en la vida del creyente y de la Iglesia. Aunque el Concilio Vaticano II ya había insistido en ello, siglos de falta de trato personal con la Sagrada Escritura no se superan en pocos años. Gracias a Dios, esta poderosa “arma secreta” está ya renovando en profundidad la vida de numerosos bautizados, pero aún queda mucho por hacer.

El Papa, recogiendo el sentir de los Padres sinodales, se prodiga en indicaciones prácticas sobre cómo renovar nuestra fe y la pastoral con la savia vivificante de la Palabra. Por ejemplo, recomienda que el rezo del santo Rosario se enriquezca con la lectura de “breves pasajes de la Biblia relacionados con el misterio anunciado” (n. 88). Otra sugerencia: “…que en las iglesias se destine un lugar de relieve donde se coloque la Sagrada Escritura también fuera de la celebración” (n. 68). En línea con lo anterior, el Sínodo desea también “que cada casa tenga su Biblia y la custodie de modo decoroso, de manera que la pueda leer y utilizar para la oración” (n. 85). El rezo de la Liturgia de las Horas, especialmente de Laudes y Vísperas, dice el Papa, contribuirá a “aumentar en los fieles la familiaridad con la Palabra de Dios” (n. 62). Igualmente, los Padres sinodales contemplan las celebraciones de la Palabra como “ocasiones privilegiadas de encuentro con el Señor” (n. 65) y expresan su deseo de que “en la actividad pastoral se favorezca también la difusión de pequeñas comunidades, ‘formadas por familias o radicadas en las parroquias o vinculadas a diversos movimientos eclesiales y nuevas comunidades’, en las cuales se promueva la formación, la oración y el conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia” (n.73).

La recompensa prometida no es pequeña, pues, como dice San Ambrosio, “cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso” (n. 87). De este modo, “toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida” (n. 24), y podemos llegar a decir con San Juan que, gracias a la Palabra de Dios, “… también nosotros hemos oído, visto y tocado al Verbo de la Vida” (cf. 1 Jn 1, 1; n. 123).

María es la maestra indiscutible en el arte de escuchar la Palabra de Dios, acogerla con fe y meditarla en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51). Ella, “al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (n. 28). También nosotros estamos llamados a vivir, de algún modo, esa misma experiencia: “San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos. Así pues, todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros en la escucha de la palabra y en la celebración de los sacramentos” (n. 28).

Y todo esto ¿cómo no anunciarlo? En efecto, Benedicto XVI nos recuerda que “en un mundo que considera con frecuencia a Dios algo superfluo o extraño (…). No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante” (n. 2). Afirma también el Papa: “No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo: son para todos, para cada hombre. Toda persona de nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este anuncio” (n. 91). Y el modo más efectivo de que esa Palabra alcance y sane a todos es “el encuentro con testigos que la hacen presente y viva” (n. 97). Los primeros beneficiados de la actividad misionera son los que la llevamos a cabo, dado que “anunciar la Palabra de Dios exige siempre que nosotros mismos seamos los primeros en emprender un renovado éxodo, en dejar nuestros criterios y nuestra imaginación limitada para dejar espacio en nosotros a la presencia de Cristo” (n. 116).

Quedan muchas cosas en el tintero. Con todo, espero que lo dicho ayude al que aún no ha leído la Exhortación Apostólica de Benedicto XVI a hacerse una idea de la riqueza que encierra, a acercarse a ella y a dejarse contagiar por el amor a las Sagradas Escrituras que rezuma cada una de sus frases.

Iluminados, purificados y alimentados con esta Palabra Viva, estaremos en condiciones de colaborar, con confianza y alegría, en la tarea urgente de la Nueva Evangelización. Dejemos todos, fieles laicos y pastores, que la Palabra irrigue nuestra vida personal y comunitaria de oración, nuestras familias, nuestra formación, nuestras catequesis y demás actividades pastorales de modo que la cosecha de Vida nueva sea abundante para bien de la Iglesia y del mundo.

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