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EN PORTADA
sión a la dimensión social del Evangelio como in-
herente a la propia vocación bautismal y a pro-
mover que nuestras comunidades sean auténtica
Iglesia sinodal en salida, que existe para evange-
lizar, se constituye en instrumento de anuncio, li-
beración y promoción de la dignidad de toda per-
sona y que, desde la escucha de los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los
hombres de nuestro tiempo (GS 1), tiene en la
«cultura del encuentro» la clave de aproximación
a la realidad social en la que se encuentra.
El compromiso transformador de la realidad
es inherente a toda la Iglesia. Ser creyente no so-
lo exige preguntarnos quién soy yo sino, sobre to-
do, para quién soy yo, como nos recordaba el
Congreso de Vocaciones. Toda persona bautiza-
da, cualquiera que sea su vocación, vive la misión políticas. Significa sostener que la vida es digna
desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cris- desde su inicio hasta su fin y que existe una res-
tiano laico concreta de manera propia y particu- ponsabilidad compartida entre personas e insti-
lar estas dos dimensiones. En este sentido, la tuciones para garantizar condiciones de trabajo y
presencia en la vida pública adquiere gran im- de vida que respeten esa dignidad. Esta cohe-
portancia en la vivencia de la vocación laical. Pro- rencia nos impulsa a defender el destino univer-
fundizar en la importancia de la presencia del sal de los bienes y la prioridad de erradicar la po-
cristiano en la vida pública ayuda a recuperar la breza, bajo la premisa de que los últimos deben
dimensión social como verificación de la propia ser los primeros, trabajando por una paz que naz-
vocación. Los creyentes estamos llamados a es- ca del respeto profundo a cada criatura de Dios y
tar en el mundo y a transformarlo. del cuidado de la creación como un don recibido.
Sin embargo, es innegable que, a menudo, Si esta presencia pública nos parece difícil es
nos invade una cierta resistencia a manifestar porque, objetivamente, lo es; nos obliga a reco-
públicamente nuestra fe, una dificultad que va nocer cuánto nos falta para alcanzar el ideal de
desde la comprensión interna de esa necesidad vida que Jesús propone y nos exige superar el
hasta el paso definitivo de llevarla a la práctica. vértigo de derribar esas barreras que, conscien-
No siempre resulta sencillo mostrarnos como te o inconscientemente, levantan muros entre
creyentes en los entornos donde nos movemos, nuestra fe y nuestra vida cotidiana, dividiéndolas
pero esa presencia pública actúa como un ter- en compartimentos estancos. Plantearnos esta
mómetro diario que revela la salud de nuestra fe. dimensión pública es, en realidad, un ejercicio de
Nos indica hasta qué punto el Evangelio ha trans- honestidad en todos nuestros espacios —la fami-
formado nuestras vidas, convirtiéndonos en per- lia, el empleo, el ocio o el compromiso social—
sonas más solidarias, misericordiosas, justas y cuestionando nuestra respuesta ante situaciones
fraternas, o si, por el contrario, nuestra creencia de injusticia, marginación o violencia.
se queda solo en lo privado. Aunque quizás no estemos acostumbrados a
Manifestar lo que creemos implica estar no medirnos con esta vara, el mensaje de Jesús es
solo dispuestos, sino deseosos de explicar por inequívoco, desde su presentación en la sinagoga
qué apostamos por un amor desinteresado y a hasta el mandato de que lo hecho a los más pe-
fondo perdido, defendiendo la misericordia y la queños se le hace a él mismo. En sintonía con es-
justicia como los pilares fundamentales tanto de to, el magisterio de la Iglesia y especialmente los
las relaciones personales como de las sociales y últimos papas, nos llaman a no separar la fe en
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